Nada más absurdo que las versiones cinematográficas del mito del vampiro. Existen versiones donde histriones como Bela Lugosi, Christopher Lee o Anthony Hopkins interpretan tan fielmente al mito que éste se regenera –una vez más- ante nuestros ojos, desde sus cenizas, gracias a su vehículo moderno: la prodigiosa máquina de mirar, el cinematógrafo.

Hemos visto resucitar al personaje innumerables veces. De ser una criatura de la noche, ha pasado a ser en nuestro tiempo una entidad totalmente solar - quiero decir, diurna -, un romántico memorable, condenado a la devastación de los espejos. Su error subyace bajo la blasfemia y, por ello, su condena es ser devorado por un animal arcaico, terato mezcla de reptil y ave, con cabeza leonina.
El mito del eterno retorno, para él, es una rutina, un ejercicio como el amor, cuatro o cinco siglos después de intensa práctica en un corazón inmortal. ¿Quién es en el fondo un vampiro? ¿El seductor, un animal?, ¿la hermosa criatura de piélagos atroces? o una perfecta metáfora sobre el comportamiento humano, un artificio de control o el narcótico que necesita el hombre para olvidarse de sí y regoderase en la contemplación de lo patético. ¿El vampiro es un ser humano?
The film was over. Toda summa del conocimiento debe ser matesis y no repetición –aseveró mientras bebíamos un café-. ¿Existen polaridades en el ser humano? No, sólo la unidad indivisible –respondió gentilmente-.
Ya era tarde, el crepúsculo es –dijo abstraído, irresoluto, levantándose de la mesa, mirando hacia la nada-. Debes liberar tu mente, descansar. Y al apagarse el Sol y también las luces del bar, vi su rostro –o su cadáver- encenderse.
Me quedé solo en mi silla por el lapso de varias eternidades. Al salir, las criaturas de la noche se sumaron al enigma, a nuestras peores pesadillas; el paisaje fue devastador, todo alrededor fue sometido. La gloria era suya. Y él -tan tacto, tan caída-, cruzó hacia el umbral, tras un agujero negro. Esa misma noche emparentó su corazón con la noche.
Te ofrezco todo lo que puedas desear –dijo antes de partir-… claro, todo menos el Amor –pensé-. Así desapareció, bajo el remoto y frágil rumor de sus corazones, en las calles de una ciudad decadente.
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