“Y todo lo que tenga movimiento y vida les servirá de alimento; todas estas cosas las servirán de alimento, así como las legumbres y las hiervas. Lo único que no deben comer es la carne con su alma, es decir, con su sangre.”
Génesis, 9, 4.
"Toda persona que coma sangre de cualquier clase, será exterminada de entre los suyos."
Levítico, 7, 27.
"Si un hombre de Israel o de los forasteros que viven en medio de ustedes come cualquier clase de sangre, lo aborreceré y lo exterminaré. Porque la vida del ser mortal está en su sangre, y yo les di la sangre como un medio para rescatar su propia vida, cuando la ofrecen en el altar; pues la sangre ofrecida vale por la vida del que ofrece".
Levítico, 17, 11.
"Guarden, pues, mis normas y mis leyes y pónganlas en practica. Así no los vomitará esta tierra donde voy a llevarlos para que vivan en ella".
Levítico, 20, 22.
I
Cada cultura tiene en su mitología una versión del mito del vampiro. En todas, esta entidad -de origen divino como el hombre o el ángel- deambula serpentina en el Panteón de la Inteligencias celestiales purgando una condena, excluido, en su calidad de Hijo de Dios, del derecho a la redención. Y esto desde el principio de los tiempos.


Al parecer, su amor hacia Eva era más fuerte que el amor por su Padre. Ello le condenaría a expiar la ausencia de su esposa -al igual que el “judío errante”- exento de participar de la experiencia de la muerte, pues el amor a su Señor, que estaba por encima de todas las cosas, exigía absoluta devoción y disciplina. No había gracia para el amor impuro, fruto del deseo pedestre. El primer vampiro de la historia, según esta leyenda, se originaría con la saga de los primeros esposos.
II
En la Biblia –principal fuente del imaginario judeo-cristiano-, Dios expulsa a Adán y a Eva del Edén para que purguen su falta, el Pecado Original. Ellos, los antiguos moradores del Paraíso, según las Sagradas Escrituras, necesitaron obrar la tierra, purificarse del pecado con dolor y sufrimientos. Siendo ese su propósito de enmienda, retornarían definitivamente a la Conciencia rectora del universo.
Pero, a diferencia de los primeros esposos, el otro condenado del Génesis, Lucifer (llamado también satanás u opositor), padecería su condena sin la promesa de reivindicación definitiva que hizo Dios a Adán. Si vemos, aquella leyenda encuentra en el mito del vampiro continuidad. Vlad “Dracul”, así, tomaría la posta del coloso primordial. Lucifer encontrará, de este modo, vigencia en la leyenda del vampiro.

Sobre Lucifer, algunos intérpretes sugieren que lucía hermoso en el Génesis, bellamente ataviado de pedrería estelar: alhajas, estrellas, todo tipo de astros brillantes. Poseía además una antorcha esplendente en sus manos con la que inició la Gran Fogata de la Civilización Humana. Sin embargo, durante los primeros siglos de nuestra era, la representación de Lucifer cambió. El coloso primordial se transfiguró en el animal grotesco, en el satanás escamado, velludo, con patas de macho cabrío y muecas de espanto y lujuria infinitas en su cariz.
Lucifer o Luzbel (que significa luz bella), alguna vez sería el mayor de los ángeles, bello entre bellos: el ángel portador de la antorcha que activó la luz del universo cuando el Padre dijo “Haya luz” y luz hubo. Cuentan algunos inspirados que, al cumplir su orden, la primera del Señor, Lucifer regresó al Seno de su Progenitor sin causar ninguna revolución. No obstante, como debía organizar el cosmos que su sola intervención hubo desencadenado, regresó a la Gran Fogata, pero esta vez, a padecer en el seno de la feligresía el eterno sueño de la causalidad, el pecado: su responsabilidad.
III
Vlad Tepes, el otro ángel caído, fue en un principio el príncipe conquistador y campeador de la iglesia (S. XV), un héroe del cristianismo que a sola mano detuvo a los turcos, y por ello, reconocido, amado y temido también por su pueblo. Vlad “el empalador” o, como se le conocía en su tiempo, “Draculea” –que significa hijo del diablo-, fue vomitado de la tierra luego de blasfemar contra su Dios, ya que aparentemente le había traicionado condenando el alma de su amada, a quien sus vicarios negaron el derecho de entierro, y por tanto, de purificación. El príncipe, angustiado, no se resignó con perderla, sumiéndose en una desgarradora búsqueda por los confines de la vida y de la muerte.

Despreció su propia condición de héroe-santo insultando los símbolos consagrados de la fe cristiana en el templo mismo, entendiendo que su Dios le había traicionado, desamparando a su familia. Su sacrilegio trocó su pretérita amistad con Dios por abominación y enemistad eterna. Jamás volvería a reintegrarse al estómago de su Padre, excepto a través del amor, que no posee ni poseerá. Quebrantó las leyes y las transformaciones de la vida, se convirtió en un transgresor de las leyes de Dios.
IV

Aristóteles definió la tragedia como “el abismo que separa al deseo de la realidad” y lo trágico como “un tipo de dolor provocado por la visión de un mal, mortal o penoso, que tiene lugar en una persona que no lo merece; un mal que podría caer sobre nosotros o sobre alguno de los nuestros y que está a punto de ocurrir”.
En este sentido las historias vampíricas son historias trágicas y el Drácula de Stoker o el Lestat de Rice son personajes trágicos porque su eterna búsqueda nunca puede tener final. Vivir en la no-muerte es una vida trágica, una vida condenada a la eterna repetición del ciclo vampírico. Concebidas (sea por error o como mecanismo de control moral) en el tenebroso recinto de nuestras angustias, desde donde una negativa iridiscencia produce formas lógicas de discurso que sustentan a todas luces el inconmensurable poder de nuestra imaginación, aquellas leyendas no serían sólo bellas metáforas de arquetipos bíblicos, sino también de nuestros propios temores y vicios.